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En numerosas ocasiones, es recomendable (por no decir necesario) tener la sana costumbre de saber discernir entre la figura del escritor de la del personaje público que este proyecta. De no ser así, muchos lectores se perderían el placer de leer a ciertos escritores capaces de suscitar entre quienes permanecen atentos a sus regulares diatribas, la misma cantidad de amores que de odios.

Así empieza lo maloEste es el caso de Javier Marías, un creador permanentemente cabreado y ceñudo, capaz de rechazar premios importantes a la vez que se granjea la enemistad de un buen número de colegas por cualquiera de sus encendidas intervenciones en prensa, pero que, a la vez, es un grandísimo narrador, un maestro del lenguaje, uno de los más grandes de la literatura de nuestro país.

Así pues, descartadas las fobias y las filias por el personaje, pasamos a hablar de su última novela, que es, en nuestra humilde opinión, una de las mejores narraciones que se han publicado en nuestro país en este año: “Así empieza lo malo“, editada por Alfaguara, narra un momento crítico en la vida del director de cine de serie B Eduardo Muriel y su esposa Beatriz Noguera, visto a través de los ojos del joven Juan de Vere mientras vive y trabaja en la casa del matrimonio como traductor y documentalista de Muriel.

De Vere (o “De-Víah” a la inglesa o “De-Veg” a la francesa, según la graciosa y erudita broma del profesor Francisco Rico, el real Paco Rico, convertido en la novela en un divertido y sabio personaje) asiste sin proponérselo al incomprensible desprecio que Muriel siente por su esposa. Es la búsqueda de una explicación racional a tanta infelicidad lo que lo lleva a unas situaciones difíciles de justificar, pero clarificadoras hasta el dolor. Beatriz, quien ejerce una indudable influencia en el joven Juan, lucha por recuperar a Muriel, aunque luche de un modo impredecible y algo sucio. Acompañamos, pues, a Juan en una suerte de investigación sin ningún sentido, que sirve para reflexionar sobre una España posfranquista obsesionada por cerrar heridas y abandonarse a la corriente de una transición ganadora, pero tan fácil de seguir como de engañar.

Con un estilo que raya en la perfección, intencionadamente despojado de toda pasión (algo que suelen reprochar a Marías el tipo de lectores que buscan la emoción en un libro), el autor nos pasea por Madrid, por España, por sus desilusiones, sus secretos y sus mentiras, todo ello sin adoctrinarnos ni buscar el morbo de escandalosas revelaciones.

Y después de haber disfrutado tanto con esta novela, ¡ya podemos volver a criticar a Javier Marías!

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