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centinelaNada más comenzar este verano que ya se va, unos pocos días antes de marcharnos de vacaciones, llegaba por fin a la librería uno de los libros que con más impaciencia habíamos esperado en los últimos tiempos: la continuación de la maravillosa Matar a un ruiseñor de Harper Lee, la secuela de una novela convertida en auténtico icono de la libertad, la igualdad y la justicia.

La espera había estado aderezada de secretismo y noticias controvertidas: en primer lugar la novela llevaba más de cincuenta años guardada en el cajón de su autora (imaginamos que sería debido al terror de su autora a que los lectores no la consideraran digna de su opera prima) y muy poca gente lo sabía; también nos decían que, al parecer, su protagonista, Atticus, se convertía en su propio antónimo; incluso, se decía que de entre los pocos afortunados que habían tenido acceso a ella, algunos se habían indignado por el desarrollo de la historia… En fin, noticias que no hacían si no aumentar las ganas de leer Ve y por un centinela.

Cuando por fin estuvo en nuestras manos (os recomendamos vivamente que antes de disfrutarla leáis o releáis Matar a un ruiseñor, tan actual como si no hubieran pasado casi ochenta años), pudimos comprobar cómo la novela no desmerecía en absoluto a su antecesora: además de poder seguir adelante con la vida de unos personajes tan queridos, nos hace reflexionar sobre el peligro de los extremos y sobre la necesidad de juzgar que tan instalada tenemos todos en el cerebro.

Jean Louise, nuestra salvaje Scout, ha cumplido veintiséis años y vive en Nueva York. Cada año vuelve a Monroeville, en el condado de Maycomb (Alabama) para pasar unos días con su padre, con la repelente tía Alexandra y con el joven Hank, inteligente, limpio y sincero. Atticus Finch ya no es un padre joven, tiene 72 años y la artritis va dominando cada movimiento, cada acto, pero sigue siendo un hombre cabal y justo que ha decidido ir traspasando su despacho de abogado a Hank.

Evidentemente para Scout, acostumbrada a la grandeza de Nueva York, Maycomb, pese a sus evocadores y hermosos rincones, se ha convertido en un lugar asfixiante, quieto y cruel, incapaz de avanzar un solo paso para ir cerrando la brecha entre blancos y negros. Lo que ella no podía llegar a imaginar es que las cosas habían cambiado tanto que la persona que ella había tenido como guía, como viva imagen de la dignidad y la justicia, formaba ahora parte del Consejo Ciudadano de Monroeville, una asociación vecinal creada por los blancos creada para combatir a la cada vez más instalada y violenta NAACP (Asociación Nacional para el Avance de la Gente de Color).

Contar lo que sucede después sería desvelar demasiado de la novela, pero en ella no encontramos un intento de ensalzar a la raza blanca, como acusan algunos, sino un intento de demostrar la necesidad de no juzgar a las personas sin antes intentar calzarse sus zapatos, sin valorar todos los elementos que les hacen actuar de un modo determinado. En definitiva, de ser realmente justos en cada momento.

Una hermosa historia tan viva, real y actual como la de su predecesora que intenta (y consigue) que nos replanteemos el punto de vista ante todo lo que sucede a nuestro alrededor (y suceden tantas cosas) y nuestras decisiones más tajantes.

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