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Lo autobiográfico no siempre son los hechos, sino los sentimientos o su reinvención.
Jaime Gil de Biedma.

Con esta acertadísima cita, el editor de Libros del Asteroide cierra la edición española de Departamento de especulaciones, segunda novela de la escritora norteamericana Jenny Offill.

Una escritora de Brooklyn se encuentra desbordada por diversos acontecimientos: su reciente maternidad, la dificultad para lograr la trayectoria profesional y artística que siempre deseó y la evolución de su matrimonio, ese “departamento de especulaciones” que antaño era el remite de sus cartas. Toda crónica de un amor tiene dificultades que superar (nadie dijo que vivir fuera algo sencillo), pero no os engañéis, queridos amigos, no estamos ante una ficción doméstica sin más pretensión que narrar una historia que podría ser lugar común, en absoluto. Esta historia es mucho más que eso.

Por el modo en que la autora construye y deconstruye toda la novela, rápidamente nos damos cuenta de que no estamos ante una narración lineal al uso. Jenny Offill juega con nosotros y lo hace de forma magistral, utilizando recuerdos, reflexiones, fragmentos y referencias científicas, literarias y filosóficas (desde Hesíodo, Rilke o Keats hasta los cosmonautas rusos). Todo ello conforma el armazón de un relato en el que los sentimientos ocupan un papel primordial (de los protagonistas ni siquiera conocemos sus nombres y apenas llegamos a atisbar su aspecto físico), las emociones son el verdadero sustrato, el poso que permanece, sobre el que se asienta la memoria. Departamento de especulaciones se lee desde dentro, de forma fragmentada, como si de un diario íntimo se tratase.

Con una escritura viva, rica en matices y sensaciones, cada reflexión que encontramos, cada cita literaria forman parte de un todo, compacto y armónico. Los espacios en blanco, esa aparente desconexión entre párrafos, no son sino silencio, también imprescindible para subrayar la intensa vida emocional de la novela. Jenny Offill utiliza de manera brillante la forma como un recurso narrativo. El resultado, como el punzón que surca la plancha de metal, penetra en el lector dejando una huella indeleble.

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