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Al cerrar esta entretenida novela, cualquier persona con sus facultades mentales no demasiado dañadas (independientemente de la cantidad de melanina en el estrato basal de su epidermis) debería salir a la calle, dar un abrazo a cada ser humano que se encontrara en su camino y proclamar a voz en grito: «¡Odio Internet!» Resulta cruel la claridad con la que Jarett Kobek analiza nuestros actos de los últimos veinte años, esos en los que hemos regalado joyas tan valiosas como nuestros datos personales, nuestras reflexiones, nuestros gritos indignados, nuestros gestos solidarios o nuestras relaciones sexuales a corporaciones gigantes que se aprovechan de ello de un modo muy inteligente y perverso, con el único objetivo de enriquecerse.

La dibujante Adeline (con poca melanina en el estrato basal de su epidermis) y el guionista Jeremy Winterbloss (este sí con bastante más melanina en su epidermis) son los autores de un exitoso cómic a finales de los noventa y ambos nos servirán de excusa para observar (y, ojalá, reflexionar) sobre la evolución de esta sociedad hoy tan voluntariamente esclava de internet, de sus redes sociales y de los multimillonarios que cada día se enriquecen un poco más con ellas. Una sociedad tan bañada en lo políticamente correcto que ha olvidado conceptos tan importantes como la libertad, la intimidad y el honor y en la que es posible ser encumbrado o derribado según el carácter del tweet publicado esta mañana.

Y lo más curioso de todo es que la novela resulta sencilla, ligera, con una trama bien llevada y con un juego lingüístico tal vez algo pesado al principio, pero divertido al final, que el autor usa como bofetadas para intentar despertar al lector. Una tragicomedia moderna plagada de estúpidos y de estupideces que resultaría enormemente divertida, si no fuera por lo evidentemente que nos vemos responsables de esta sociedad enferma, en la que cada uno de nosotros se ha introducido por su propio pie (y sin vaselina). ¡¡¡Odio Internet!!!

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